sábado, 28 de enero de 2012

Memorias de mi padre

CAPITULO I

Corría  el año de 1963, a los dieciséis años cursando a duras penas la escuela secundaria, era más el tiempo perdido  en las calles y las neverías, que el que dedicara a los libros, cada grupo de holgazanes fiesteros escogían un grupo de reunión de nuestra tranquila ciudad de Mérida para ver pasar a las chiquillas de las escuelas con uniformes que las identifiacaran. Así, nos dejá    bamos ver por las alumnas de “La Educación y Patria”, de la “Angelino Cintea” de la “Urbina Castellanos”, de la “María González Palma” etc. Nuestra única preocupación era conseguir  los dos pesos para poder pagarnos una coca chica y dos cigarros record de 10 centavos cada uno para que “chucha”, la mesera,  nos tolerara el tiempo que solíamos perder escuchando los rocks de moda en la rockola de Vitamilk.

Ahí,  en el pasaje de la revolución, se encontraban los paraderos de los camiones de buena parte de las rutas del norte de la ciudad, que era en donde vivían “las más bonitas”, bueno, eso pensábamos. Algunas chicas mayores preferían neverías menos ruidosas como “Mesquita” (sobre la calle 60 entre 59 y 61) o la preferida por los universitarios: “La casa prevé” que se encontraba en la esquina de la 57 con 60, precisamente en contra esquina de la Universidad de Yucatán. Aquellos que teníamos alguna predilección en la secundaria “ Eduardo Urzaiz”, preferíamos ir a la nevería “El Cu-Cu”, precisamente enfrente del centro escolar “Felipe Carrillo Puerto”, en dónde también estaba la Normal de Maestros. Otros estudiantes de diversas secundarias preferían ir a “La tropical” frente a la plaza grande, sobre la calle 63.

Así las cosas, el tiempo se diluía entre bromas, risas y canciones de moda sin pensar en el futuro, esperando las vacaciones de verano para escaparnos a la playa los fines de semana, quienes no teníamos casa en la playa, para seguir con la misma acción pero con diferente escenario, y colarnos si podíamos al baile de Cocoteros para escuchar a Los Aragón y bailar con la orquesta de Ponciano Blanqueto; sino podíamos, lo mismo y terminábamos en los corredores del palacio municipal de Chixchulub Puerto o Chelem. El caso era pasarla con música y algunas cuartitas de “Carta Clara” que era lo que podíamos costearnos, para luego aterrizarle a algún cuate que sí tenía casa, para dormir algunas horas en las terrazas de sus propiedades o en la arena junto a algún bote que nos quitara un poco el aire de la costa.

Los grupos de amigos a veces permanecían juntos, algunas  otras se dispersaban para que cada quien tomara el rumbo que sus simpatías y/o economía, les pidiera; ya que los domingos al medio día se ponía bueno el desfile de chicos y chicas en el antiguo Malecón del Puerto de Progreso, y después del seis de Agosto, la feria de Santiago en Mérida se trasladaba al parque “Chazaro Pérez” de dicho puerto. Ahí  estaban los juegos  de atracciones “Ordoñes” y los de “Cáceres”, cuando no nos llevaban los más modernos de la capital, como los que traía “Chavero” que algunas veces se instalaba en el parque de San Sebastián.

Cuando -cansado de caminar por el Malecón, repartiendo saludos y mirando qué chicas conocidas encontrábamos- escogíamos un lugar de la barda del paseo para sentarnos a escuchar canciones que, con fuerte volumen, nos llegaban desde la feria. Así, se hacían presentes: Enrique Guzmán, César Costa, Manolo Muñoz, Angélica María, Ray Coniff, La Santanera, entre otros.

Ese año de 1963 se ha marcado en la historia por haber sido el año en que fue asesinado el Presidente de los Estados Unidos,  Jhon F. Kennedy; noticia que causó impacto entre los jóvenes de aquél entonces, sobre todo en quienes teníamos parientes o amigos viviendo en la Unión Americana, ya que, de alguna manera nos sentíamos más cerca del Tío Sam.

Recuerdo que cuatro años antes, yo mismo visité California, llevado por mis padres, y en donde viví seis meses en casa de mi hermana, su esposo y mis sobrinos. Por aquellos años, nuestros personajes eran aquellos que a los 21 o 22 años se aventuraban al país vecino en busca de fortuna y cuando llegaba el verano se dejaban ver en Mérida con tremendos automóviles de modelo reciente y ropa llamativa, atrayendo las miradas femeninas y creando fantasías en los chicos más jóvenes, quienes veíamos  en ellos modelos a seguir. Muchos de mi generación logramos ese sueño, algunos para bien y otros no tanto, pero la inquietud era la misma: la aventura de un sueño que para algunos se convirtió en pesadilla.

Con los años me he enterado de la suerte de algunos  de aquellos amigos con quienes compartíamos aventuras. Del “Castor”, dicen que lo desaparecieron en la frontera norte; de “La Pieza”, se dice que se hizo pastor del otro lado de la frontera; algunos regresaron a tiempo al Caribe y hoy son afortunados empresarios del turismo como: Huayo, Tata, el Chino y algunos más que corrieron con suerte y trabajaron duro.

Pero volvamos a mis dulces dieciséis, el tiempo romántico, ¡Qué digo romántico! ¡No! ¡Cursis! Seguir a esos ojos bonitos en el autobús (camión o guagua) para mirarlos los veinte o treinta minutos que tardaba en llegar a su casa, aunque te llevara al extremo contrario de donde vivías, para – luego de esperar un circuito completo- regresarte al centro a contarle a los amigos que ya tenías hasta la dirección, aunque todavía no eran amigos.

En el inter, a mi me gustaba ir al Café Terratz – en la 60 con 61 y 59- a compartir con gente mayor. Ahí me hice amigo de algunos trovadores, quienes me contagiaron el gusto por la trova; también, gracias a ellos, llevé mi primera serenata a los quince años, a una niña que cumplía también quince años; por cierto, fue Arturo Escaroz “La Loba” quien le puso música a mis primeros versos; su trío “Los Condes” en aquél entonces lo formaban: Él, Beto Burgos y Rosendo Palomo. Ahí mismo en el café me hice amigo y discípulo de Don Ricardo Duarte Esquivel, de Don Jesús Herrera y Don Ermilo A. Padrón “El Chispas”; éste último no venía mucho al café, pero yo sabía en dónde verlo pues tenía su banca favorita frente al palacio municipal. Don Ermilo era parte integral del paisaje, son su inconfundible Flus de lino blanco y su somprero de Jipi planchado; cuando “el chispas” no estaba en su banca, entonces caminaba hasta la Catedral del Disco, donde seguro se encontraba instalado en el privado de la oficinadel compositor y empresario Don Luis Espinosa Alcalá; Ahí se tomaba café y se planeaban grabaciones, pues Don Luis, además de ser un estupendo compositor y compositor, era un promotor de la música yucateca, ya que tenía su propio estudio de grabación en una época en la que producir un disco de acetato era verdaderamente costoso y complicado. Así vivió una época en que los compositores iban al encuentro de los trovadores, al Café Terraz o a la plaza grande, para dar a conocer su material, casi siempre pensando en temas serenateros para enriquecer el repertorio.

Pero no todo era trova, el baile era lo primero. La muchachada venía siguiendo el calendario para pretextar los bailecitos de grupos que se capachaban para costear algún conjunto recién formado que amenizaba los festejos; de ese modo, Julio y Agosto eran los bailes de hawaianos con trajes que cada quien se manufacturaba a propósito; Septiembre con mariachis y tequila; Octubre con kukuxclanes negros y máscaras de muertos y luego de Noviembre a Diciembre , las fiestas de existencialistas, mientras llegaban las posadas. Los clubes de servicio y sociales anunciaban sus posadas con bombos y platillos, pero las que yo disfruté y recuerdo son las el círculo deportivo Bancario, en donde se cantaba la posada desde las escaleras de la entrada, acompañados de la guitarra de Manolo López, del conjunto “Los Aragón” y luego del “entreo Santos Pingüinos” se soltaba la música de la orquesta de Don Ponciano Blanqueto, y los enamorados soñaban con “Mirando una Estrella”, el tema de “Tracy”, “Teléfono a larga distancia” y muchas más. Si uno se atontaba, perdías pareja, pues se comprometían las series completas, así que habría que estar muy vivos.

En ese año de 1961, se inauguró el Instituto Tecnológico de [FTE1] Mérida, fue el preámbulo de esta generación que se benefició con la secundaria técnica para los bisoños que nos creíamos muy grandes. Del sesenta y uno a sesenta y cuatro se formaron mecánicos automotrices, técnicos electricistas y de máquinas y herramientas. Los habría mayorcitos estudiando la vocacional técnica, que era una especie de prepa con carrera técnica, y por supuesto la carrera de Ingeniero Industrial. Ahí también nacieron movimientos políticos de donde surgieron algunos amigos que se hicieron líderes del partido oficial posteriormente (nada nuevo bajo el sol).

Los fiesteros organizábamos a los candidatos a Rey Feo, para acomodarnos en los carros alegóricos de los festejos del carnaval, y para poder disfrutar del acceso gratuito  a los clubes de servicio que traían a las grandes orquestas para amenizar las carmestolendos. Así fue como disfrutamos música de orquesta de Chuc Anderso, Ismael Diaz, Pablo Beltran Ruiz, Acerina y su danzonera , Pepe Castillo etc.etc.

Los paseos de Carnaval eran otra cosa; mientras mis padres suspiraban por tiempos mejores, cuando las batallas eran de flores, cuando las señoritas vestían entre encajes y soplillos sus arlequines y sus mantillas y peinetas de carey que nos recordaban a Goya. Nosotros disfrazábamos un auto Opel de 1937 convertible, que nos prestaba el papá de un condiscípulo y mediante una cuota para futuras reparaciones, nos servía todos los paseos, siempre de un centro de sonido y delante de algunas camionetas repleta de niñas vestidas en shorts y pantalones, que nos hacían fiesta a los diez o doce compañeros que compartíamos el cochecito que con una llave de madera le daba la imagen de un auto de cuerda. Los domingos y martes, que era paseo doble, aprovechábamos el intervalo de la tarde, ya sea para un baño de cenote, un paseo por el zoológico del Centenario – que terminaba con un chapuzón en el lago- o alguna cerveciada en la casa de algunas amigas.

Esa vocación fiestera me llevaba a conocer otro ambiente, igual de atractivo para mí, el teatro. En 1964 ya había decidido que mi trabajo tenía que estar ligado a estos menesteres después de haber sido dependiente de librería  y de juguetería, casi siempre de manera temporal, me ocupé como ayudante de un empresario teatral como chofer, repartiendo boletos o abonos para toda la temporada y repartiendo las órdenes de publicidad a los periódicos para difundir los eventos. Así, pude conocer gente famosa como María Ddouglas, Ofelia Guelmain, Sara García, Oscar Morellé, Guillermo Cetina y muchos otros personajes del teatro mexicano y claro, a las “reinas del cine nacional”. Le tomé gusto a ver el teatro, admiré “La sangre derramada” de Wilberto Cantón, a quién también tuve el gusto de conocer, la cual fue mi primera obra; Enrique Aguilar y Enrique Becker eran los protagonistas principales. Me tocó ver a Amparo Rivelles en “La mujer X”, a María Eugenia San Martín en “La casa de las Muñecas”, y muchísimas más.

En esos días, mi jefe se asoció con algunos empresarios del turismo y la publicidad, Don Ramiro Castillo, Don Enrique Cantarell y Don Carlos Peraza Ancona; entonces me convertí en agente de medios de la compañía Orbe Publicidad.


 [FTE1]Fecha no confirmada, basada en la memoria del autor

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